Groenlandia, el botín ártico que obsesiona a Donald Trump

Bajo su hielo, sus minerales y su posición militar, la isla concentra todo lo que Washington quiere asegurar frente a Rusia, China y las nuevas rutas del Ártico.

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Groenlandia dejó de ser, para Washington, un paisaje remoto de hielo y fiordos. Para Donald Trump se ha convertido en una pieza que “Estados Unidos necesita absolutamente”, una “necesidad” de seguridad nacional y económica que el exmandatario ha intentado justificar desde 2019 como si fuera un gran negocio inmobiliario: comprarla primero, y ahora incluso hablar de anexarla.​

Más allá de la retórica, detrás de ese interés hay tres grandes factores: seguridad militar en el Ártico, minerales críticos para la economía del siglo XXI y control de las futuras rutas marítimas que abrirá el deshielo.

 
Un enclave militar clave entre Rusia, China y Norteamérica
Groenlandia está en el corazón del Atlántico Norte y del Ártico, justo en el corredor estratégico conocido como brecha GIUK (Greenland–Iceland–United Kingdom), esencial para vigilar submarinos, bombarderos y misiles que podrían cruzar el Polo Norte rumbo a Estados Unidos.​

Desde la Guerra Fría, Estados Unidos opera en el noroeste de la isla la actual Pituffik Space Base (antes Thule Air Base), su base militar más septentrional, equipada con radares de alerta temprana y sistemas de vigilancia espacial y de misiles balísticos.​
Ese punto permite a Washington:

Monitorear rutas de posibles misiles rusos que pasarían sobre el Ártico hacia Norteamérica.
Vigilar el creciente movimiento naval ruso y chino en la región.
Mantener una cabeza de puente logística en un océano que se está abriendo a nuevas actividades militares y comerciales.​
Trump ha insistido en que “Estados Unidos necesita Groenlandia por razones de seguridad nacional” y que Dinamarca “no podrá defenderla”, aludiendo a supuestos barcos rusos y chinos rodeando la isla. La lógica del exmandatario es que no basta con tener bases militares mediante acuerdos con Dinamarca, como ya ocurre desde 1951; para él, la propiedad del territorio es lo que garantizaría control total. “La propiedad es muy importante”, llegó a decir, dejando claro que ve el mapa mundial como un tablero de propiedades más que como una red de alianzas.​

 
Si Trump intenta minimizar la importancia de los recursos —“necesitamos Groenlandia por seguridad, no por minerales”, ha dicho—, en su propio entorno admiten lo contrario: asesores y funcionarios han señalado que el interés está “sobre todo en los minerales críticos y los recursos naturales”.​

Groenlandia concentra una combinación poco común de minerales estratégicos:

Tierras raras (litio, neodimio, praseodimio y otros elementos clave para imanes de alta potencia, autos eléctricos, turbinas eólicas, electrónica avanzada y equipos militares).​
Zinc, hierro, grafito, cobre, níquel, oro, uranio y otros metales con alto valor industrial.​
Un estudio europeo identificó que 25 de los 34 minerales considerados “materias primas críticas” por la Unión Europea están presentes en Groenlandia, incluidos varios asociados a defensas, energías limpias y tecnologías de punta.​

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Estados Unidos, fuertemente dependiente del procesamiento de tierras raras en China, ve en Groenlandia una posible vía para reducir esa dependencia y reconfigurar la cadena de suministro occidental. Proyectos como los yacimientos de Kvanefjeld y Tanbreez, en el sur de la isla, son mencionados como algunos de los mayores depósitos terrestres de tierras raras del mundo, con potencial para cubrir una parte importante de la demanda futura.​

Sin embargo, explotar ese tesoro no es sencillo: el clima extremo, la falta de infraestructura, la baja concentración de ciertos minerales y la resistencia de comunidades locales y autoridades que han frenado proyectos (como el veto al uranio y a nuevas exploraciones de hidrocarburos) hacen que ese potencial siga, en gran medida, bajo el hielo.​

 
El nuevo tablero del Ártico y las rutas del futuro
El deshielo acelerado convierte al Ártico en un espacio cada vez más disputado. Groenlandia se ubica junto a dos posibles grandes rutas marítimas del siglo XXI: el Paso del Noroeste y rutas transárticas que, en el futuro, podrían acortar significativamente los trayectos entre Asia y Europa, compitiendo con el Canal de Suez.​

Controlar Groenlandia significaría, para Washington, estar mejor posicionado para:

Vigilar y proteger esas nuevas rutas comerciales.
Influir en quién las usa y bajo qué condiciones.
Mantener ventaja frente a Rusia —que ha reforzado su presencia ártica— y frente a China, que busca proyectar su llamada “Ruta de la Seda Polar”.​
De nuevo, el discurso de Trump mezcla seguridad y negocio: rutas más cortas, potencial petrolero y gasífero (aunque hoy prohibido por ley groenlandesa) y un papel central en la gobernanza del Ártico.​

 
Trump, la “oferta” y el choque con Dinamarca y Groenlandia
La idea de comprar Groenlandia no es nueva en la historia estadounidense, pero Trump la colocó en el centro del debate desde 2019, cuando la describió como “esencialmente un trato inmobiliario”.​

Tras la negativa clara de Copenhague —“Groenlandia no está en venta”— y de las propias autoridades groenlandesas, el entonces presidente llegó a cancelar una visita oficial a Dinamarca. Lejos de archivarla, retomó la idea en su segunda campaña y después de volver a la Casa Blanca, esta vez hablando incluso de anexión, mientras colaboradores exploraban fórmulas de presión económica y ofertas directas a la población de la isla.​

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Las encuestas muestran, sin embargo, que una amplia mayoría de groenlandeses rechaza quedar bajo control estadounidense, mientras muchos aspiran justo a lo contrario: una independencia plena respecto a Dinamarca, manteniendo al mismo tiempo la posibilidad de recibir inversión y cooperación militar, pero sin ceder soberanía.​

 
Un territorio entre el negocio, la ciencia y la conservación
Mientras Trump la ve como una pieza que “Estados Unidos debe poseer”, Groenlandia es también, para la comunidad científica y ambiental, un laboratorio clave del cambio climático y un reservorio gigantesco de hielo y agua dulce, con ecosistemas árticos frágiles y de altísimo valor.​

Entre su subsuelo rico en minerales críticos, su papel en la seguridad del Atlántico Norte y su relevancia para el clima global, la isla vive una tensión permanente:
¿convertirse en mina y fortaleza, o consolidarse como ejemplo de desarrollo controlado y protección ambiental?

En ese cruce de caminos, el interés de Trump por anexarla no es una anécdota extravagante, sino el síntoma más visible de cómo el Ártico se ha transformado en uno de los tableros geopolíticos más observados del planeta.​

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