El Jardín de los Recuerdos: un paseo por la casa de los abuelos que nunca se fue

 En los pasillos de la Secretaría de Hacienda, entre colibríes, catrinas y fotografías, el Día de Muertos se vive como un abrazo a la memoria.
Chihuahua27/10/2026Martin ContrerasMartin Contreras
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Basta cruzar la puerta del edificio Heroes de Reforma para notar que algo cambió. El ritmo de oficina se suaviza, los pasos se hacen más lentos y el aire parece oler a hojas frescas, a flor de cempasúchil y a tardes de otro tiempo. Aquí ya no hay solo escritorios y trámites: hay un jardín que se abre como un recuerdo.

Lo primero que aparece es el pórtico. Simula la entrada de la casa de la abuela, esa que muchos conocimos: la puerta siempre entreabierta, el olor a café y a guisado, el murmullo de las visitas. Al pasar bajo su arco, uno siente que alguien va a llamarnos desde la cocina para decirnos que la comida está lista.

Más adelante, la vegetación y los árboles envuelven el recorrido. Entre el follaje asoman catrinas y calacas, elegantes y juguetonas, como invitados que llegaron antes a la reunión. No asustan, acompañan. Parecen sonreír con la complicidad de quien sabe que la muerte, en México, también es fiesta y compañía.

En el centro, una fuente rodeada de colibríes ofrece una pausa. Según la tradición, el colibrí es el único mensajero capaz de cruzar entre el inframundo y el mundo terrenal. Quien se detiene junto al agua puede imaginar que lleva sus pensamientos y su cariño hacia quienes ya no están, y que de regreso trae una señal de que siguen cerca.

El camino conduce al primero de los dos grandes tributos: un altar tradicional de siete niveles, levantado en honor a Francisco Barrio. Cada nivel cumple con lo que marca la usanza mexicana. Se ven la luz, el agua, la sal, el pan y las flores. El altar se mira con respeto, en silencio, como se visita a alguien a quien se admira y se recuerda.

Pero el corazón del jardín late en las paredes. En nichos distribuidos por todos los rincones están las fotografías que las y los colaboradores de Hacienda enviaron de sus seres queridos fallecidos. Hay abuelos de bigote y sombrero, madres sonrientes, padres en blanco y negro, hermanos y amigos que se fueron demasiado pronto. Frente a cada rostro, alguien se detiene, lo mira un momento y a veces sonríe, a veces se limpia una lágrima.

Entonces se entiende el sentido de la obra. Las casas familiares suelen quedar en silencio cuando faltan quienes las llenaban de voces. Este jardín no intenta borrar ese vacío, sino abrazarlo y transformarlo en luz. Al final del recorrido, cada familia está representada en un mismo espacio, y la memoria de todos se une en un solo latido institucional.

Al salir, uno regresa a los pasillos de siempre, pero con el corazón un poco más ligero. Los que se fueron no se han ido del todo: viven mientras haya un jardín donde recordarlos.

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